HOGAR MONS. VALERIO JIMÉNEZ, UN ESPACIO PARA EL AUTOCUIDADO Y LA FORMACIÓN

Mauricio Agudelo Arcila
Comunicador de Medios

La historia de Francisco, consumidor de drogas y habitante de calle, y Johan, venezolano que huyó de su país en busca de una “mejor vida”, tiene un común denominador: La búsqueda de una paz interior que les permita encontrarse consigo mismo y el afán por borrar un pasado que de una u otra manera los separó de sus familias y los puso a caminar al borde del precipicio.

Francisco de 43 años y nacido en Bello consume drogas desde los 14 años. Su mirada fija debajo de la gorra que esconde su cabello denota un deseo imperioso por abandonar el mundo al que hoy pertenece. Tras pasar las noches en distintos lugares, un amigo le contó que la Arquidiócesis de Medellín iba a inaugurar un hogar en el que no sólo se podía descansar sino además compartir la palabra de Dios y sentirse acogido con dignidad.

Su rutina comienza a las 6 de la mañana cuando luego de bañarse y desayunar se dedica a organizar la casa junto a los demás compañeros, Pero el momento más esperado es el de la socialización. Cuando el reloj marca las 10:30 de la mañana, un salón recién pintado es el escenario propicio para profundizar en la palabra de Dios.

Francisco afirma que si “se sostiene de pie” es porque se mantiene de la mano de Dios, no como una creencia sino como un estilo de vida que quiere adoptar. Johan de 33 años nació en San Cristóbal, estado Táchira en Venezuela. Allí con su familia tenía una vida tranquila hasta que todo cambió. La situación económica lo puso contra las cuerdas y la necesidad de llevar alimento a la casa hizo que tomara un carro con destino a Colombia. Una vez llegó a Pamplona (Norte de Santander), él y otros “Compañeros” llegaron a “dedo” a la capital paisa. Un conductor de tractomula los dejó en la terminal del norte y allí tomaron un taxi que finalmente los dejó en el parque Bolívar.

Atrás quedaron sus sueños de culminar el bachillerato y de formar un hogar al lado de su novia. La realidad ahora lo puso a vender confites en los semáforos de nuestra ciudad, la misma que según sus palabras lo ha sabido acoger con respeto. Se levanta a las 6 de la mañana, reza, besa las fotos de sus seres queridos, desayuna y sale a la calle con más dudas que certezas a ofrecer sus dulces. Johan trabaja hasta el mediodía, en ese tiempo se hace un promedio de veinte mil pesos, los mismos que está ahorrando pensando en comprar regalos de navidad para enviar a los suyos. Al igual que Francisco, no “ve la hora” de compartir con los otros venezolanos y habitantes de calle del hogar la buena noticia del evangelio.

Se reúnen a las 3 de la tarde (segundo encuentro del día) y en medio del desahogo que le produce contar sus historias, se siente fortalecido por la palabra que según dice es “una promesa renovadora”. Autocuidarse, comer alimentos alrededor de una mesa, sentirse valorados, hacer un escrutinio de la palabra de Dios y pensar en cosas distintas a lo que habitualmente los consume, son algunas de las razones por las cuáles estos hermanos resaltan la presencia de la Arquidiócesis de Medellín con este hogar de acogida ubicado al frente del centro comercial Villanueva sobre la calle La paz. Un espacio de inclusión en el que en medio de las dificultades siempre hay lugar para la esperanza.

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