LA DIMENSIÓN SOCIAL DEL EVANGELIO Y DE LA EVANGELIZACIÓN

En la Evangelio Gaudium el Papa Francisco muestra cómo la dimensión social de la evangelización no es un añadido posterior o secundario a la buena noticia sobre el Reino. Por el contrario, “lo social” es una dimensión constitutiva de la evangelización.

Confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana, significa que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios. Su redención tiene un sentido social porque “Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres” (EG 142). Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos, implica reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales. (EG 178)

“Confesar que Jesús dio su sangre por nosotros, nos impide conservar alguna duda acerca del amor sin límites que ennoblece a todo ser humano”

Si la iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Hoy y siempre los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer.

Tendremos que preguntarnos ¿quiénes son estos pobres por los que se nos invita a actuar de manera tan apremiante? Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Cuando Jesús comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos y así manifestó lo que Él mismo dijo: “El Espíritu del señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres” (Lc 4, 18). A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón. (EG 197)

“El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre (2 Co 8,9).”

La opción por los pobres brota de Dios y surge del centro de su ser, de su corazón, es ahí donde se descubre que “Dios es amor” (1 Jn 1,8).

¿Quiénes son los pobres?

Entre las nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, se menciona en la Evangelii Gaudium “Los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, y otros. Los migrantes plantean un desafío particular. La trata de personas, que muchas veces son explotados en talleres clandestinos, a las mujeres atrapadas en redes de prostitución, a los niños usados en la mendicidad, a los trabajadores que deben estar en la clandestinidad. Doblemente pobres, son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos (EG 212).

Otro pobre en cuanto es extremadamente débil, es el niño por nacer; en una sociedad que estimula y legisla favorablemente el aborto.

“Es iluminador poner a las criaturas no humanas, maltratadas hoy tan frecuentemente por la codicia humana, en la lista de los pobres por los que tenemos que optar”

En esta enumeración de pobres hay que referirse a grupos muy determinados de personas que sufren carencias, discriminación, maltrato. Es necesario hacer visible el dolor de los enfermos, despreciados, olvidados, los trabajadores sencillos, los desposeídos y aquellos que son agobiados por la pobreza.

Por lo tanto, la opción por los pobres, implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos.

Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones, o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro “considerándolo como uno consigo”. Es necesario, valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe; como el pobre cuando es amado, es estimado como de alto valor y eso diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de visibilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos. Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino.

“Es necesario, valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe.”

Los agentes pastorales y los cristianos en general, debemos tener una cercanía personal y real con los pobres, cuyo modelo es Jesús: “Quien es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo” (EG 269). ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos!

La ausencia de la dimensión social en la evangelización no hace solo que falte algo, como si el evangelio fuera un conjunto de elementos separables, independientes unos de otros. Por el contrario, en el caso del evangelio, la falta de la dimensión social hace que se “desfigure” la misión, porque atenta contra su sentido auténtico e integral. El evangelio es un todo, en el que las partes constituyen el todo a la vez que son constituidas por él; en EG 177, el Papa Francisco señala: “el kerygma tiene un contenido indudablemente social, en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con nosotros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad.”

Los pobres nos evangelizan, es importante recordar, que ellos tienen mucho que enseñarnos, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario, que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia.

“Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos (Mt 25,35-36), a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos (EG 198).”

A pesar de los grandes adelantos de nuestra civilización, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, viven precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad, no puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar que se bote comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y la ley del más fuerte.

Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo que se puede usar y luego tirar. Hemos iniciado la cultura del “descarte”, ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son “explotados” sino desechos “sobrantes” (EG 53).

Hoy la confianza está puesta en el sistema económico imperante mientras los excluidos esperan la globalización de la indiferencia, que se vuelve incapaz de
compadecerse, la cultura del consumo que anestesia, mientras hay tantas vidas sin posibilidades. Se debe denunciar la nueva idolatría del dinero, una figura de la inequidad (Mt 6,24; Lc 16,13) que contiene una profunda crisis antropológica. Por el contrario, el dinero debe servir y no gobernar. El consumismo desenfrenado unido a la inequidad, es doblemente dañino del tejido social.

Dejarnos evangelizar por su fe esperanzada, valorar al pobre en su bondad propia con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe (EG 199).

“Debemos querer a los pobres como amigos con la amistad de la caridad, contemplar a Cristo paciente en sus rostros”

Solo desde esta cercanía misericordiosa y cordial se les puede acompañar en su camino. El Papa Francisco señala que la peor discriminación que sufren los pobres, es la falta de atención pastoral. Su marginación religiosa es la exclusión antievangélica e inhumana más hiriente. Por eso, la opción por los pobres, debe traducirse principalmente en una atención religiosa, privilegiada y prioritaria.

Director Pbro. Jaime Humberto Henao